Continuamos con la historia donde la dejamos, justo cuando el velo de la mentira comienza a caer…
El conductor del auto negro bajó rápidamente para cubrir a Don Ramiro con un paraguas de seda.
—Señor, ¿está bien? ¿Por qué permitió que llegaran tan lejos? —preguntó el hombre con un tono de profunda preocupación y respeto.
Don Ramiro se secó una lágrima que se confundía con la lluvia. Entró al vehículo y suspiró profundamente.
—Necesitaba saberlo, Mateo. Necesitaba ver hasta dónde llegaba la ambición de esa mujer y la debilidad de mi propio hijo. Tenía la esperanza de que Rubén me detuviera en la puerta… pero no lo hizo.
Mateo, que no solo era su chofer sino su abogado de confianza desde hacía veinte años, arrancó el coche.
—¿Qué procedemos a hacer, señor? Los documentos están listos.
Don Ramiro miró por la ventana la mansión que se alejaba.
Esa casa, el terreno, la empresa donde Rubén trabajaba como director general… todo era, en realidad, propiedad de una corporación fantasma llamada «Raíces de Oro».
Lo que Rubén nunca supo, porque su padre siempre prefirió la humildad, es que Don Ramiro nunca perdió su fortuna.
Tras la quiebra simulada de hace años para proteger sus activos de socios corruptos, Don Ramiro había reconstruido un imperio desde las sombras.
Le había dado a Rubén todo el capital para empezar, oculto tras préstamos «bancarios» que el anciano mismo autorizaba.
—Llama a la central, Mateo —dijo Don Ramiro con una voz que ya no sonaba cansada, sino firme y gélida—. Dile al banco que ejecute la cláusula de incumplimiento del fideicomiso de Sandra.
—¿La cláusula de moralidad y origen de fondos? —preguntó el abogado con una sonrisa de satisfacción.
—Exactamente. Ella cree que la casa está a su nombre, pero el contrato tiene una letra pequeña que Rubén nunca leyó por estar embobado con ella. Si se demuestra que los fondos provienen de mi corporación y hay una falta grave de ética familiar, la propiedad revierte inmediatamente al fundador. O sea, a mí.
Mientras tanto, dentro de la mansión, la «felicidad» de Sandra y Rubén era un espejismo.
Sandra ya estaba pidiendo catálogos de muebles nuevos, ignorando por completo que su marido estaba sentado en un rincón de la sala, llorando en silencio.
—¡Ay, Rubén! ¡Deja de llorar como un niño! —exclamó ella, sirviéndose una copa de vino—. Deberías agradecerme. Ese viejo solo nos quitaba espacio y prestigio. ¿Te imaginas si mis amigas del club lo veían comiendo con las manos? Qué vergüenza.
—Era mi padre, Sandra. Mi padre —repitió Rubén con la mirada perdida.
—Fue tu padre. Ahora es un estorbo menos. Mañana mismo mandaremos a pintar su cuarto de color crema. Quiero que sea mi santuario para los bolsos de diseñador.
De repente, el teléfono de la casa sonó. Rubén no quería contestar, pero Sandra lo obligó.
—Debe ser el banco confirmando la transferencia que pedimos hoy —dijo ella emocionada.
Rubén tomó el auricular.
—¿Diga?
—¿Señor Rubén? Habla el Licenciado Mendoza, del departamento legal del Grupo Continental. Le informamos que sus cuentas personales y las de su esposa han sido congeladas preventivamente por una auditoría externa solicitada por el accionista mayoritario de su empresa.
Rubén sintió un vacío en el estómago.
—¿Accionista mayoritario? ¿De qué habla? El accionista es un fondo de inversión extranjero…
—Ese fondo de inversión, señor Rubén, acaba de cambiar de directiva. Y tengo órdenes estrictas de iniciar el proceso de desalojo de la propiedad en la que reside, ya que el fideicomiso ha sido invalidado por violar los términos de la cláusula de «Honorabilidad de los Beneficiarios».
Sandra, al ver la cara de Rubén, le arrebató el teléfono.
—¿Quién es? ¡Dígame quién se atreve a hablar de desalojo! ¡Esta casa es MÍA!
—Señora —respondió el abogado al otro lado—, la casa nunca fue suya. Fue un préstamo de uso condicionado. Y la condición acaba de romperse. Tienen 24 horas para desalojar.
Sandra tiró el teléfono al suelo, rompiéndolo en mil pedazos.
—¡Es una broma! ¡Ese viejo maldito nos echó una maldición! ¡Rubén, haz algo! ¡Llama a tus contactos!
Pero Rubén ya no escuchaba. Sus ojos se detuvieron en un pequeño sobre que su padre había dejado discretamente sobre la mesa de la entrada antes de irse.
Con manos temblorosas, lo abrió. No había dinero. Solo una nota escrita con esa caligrafía antigua y elegante que Don Ramiro siempre tuvo.
«Hijo mío, te di las raíces para que crecieras y las alas para que volaras. Pero olvidaste que sin raíces, el viento más fuerte te derribará. Siempre quise que me amaras por quien soy, no por lo que tengo. Hoy descubrí que no me amas de ninguna de las dos formas. Disfruta tu última noche en este castillo de naipes.»
—¡Rubén! ¡Vámonos al banco ahora mismo! —gritaba Sandra, fuera de sí, tirando sus joyas en un bolso—. ¡Esto tiene que ser un error!
En ese momento, las luces de la mansión parpadearon y se apagaron.
El silencio se apoderó de la gran casa, solo interrumpido por el rugido de la tormenta.
Rubén se dio cuenta de la magnitud de su error. Había cambiado un diamante puro —el amor de su padre— por un trozo de vidrio brillante pero sin valor —la ambición de Sandra—.
Esa noche, nadie durmió en la mansión.
Sandra pasó las horas gritando por teléfono a abogados que no le daban esperanzas, mientras Rubén permanecía sentado en el suelo de la que fue la habitación de su padre.
El olor del anciano aún estaba allí. Un aroma a jabón neutro y a campo.
Rubén abrazó la almohada que su padre había usado y, por primera vez en años, lloró con la angustia de un niño perdido.
Se dio cuenta de que no solo iba a perder la casa y el dinero; se había quedado solo en el mundo.
Porque sabía, en lo más profundo de su alma, que Sandra no se quedaría a su lado si no había lujos que presumir.
A la mañana siguiente, a las seis en punto, el sonido de varios motores anunció el fin de su farsa.
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