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Secretos de Familia

El brillo del oro que apagó nuestro amor: La verdad detrás del reloj escondido

6 min de lectura

Estás en la parte 2: la historia continúa y la tensión está a punto de estallar…

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Esteban se dio la vuelta y caminó de regreso a la mesa.

Cada paso resonaba en el suelo de madera, marcando el ritmo de un final inevitable.

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Lucía lo miraba con los ojos muy abiertos, empañados por lágrimas que ya no lograban conmoverlo.

Ella extendió la mano, intentando cubrir el reloj, un gesto instintivo de quien sabe que el secreto está a punto de ser expuesto.

«—Déjame verlo bien, Lucía —insistió Esteban con una calma aterradora—. Si es mi regalo, quiero ver qué tan bien conoces mis gustos. Aunque, para ser sincero, sabes que yo prefiero el acero, no el oro. El oro es… demasiado llamativo para alguien como yo, ¿no crees?».

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Él tomó el reloj.

El metal estaba frío, pero en sus manos se sentía como si quemara.

Era una joya de alta gama, de esas que no se compran en cualquier tienda de centro comercial.

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Era el tipo de objeto que alguien regala para marcar territorio, para decir «te poseo» o «te agradezco por los servicios prestados».

«—Es que… quería que tuvieras algo valioso —tartamudeó ella, apretando el borde del mantel hasta que sus nudillos se pusieron blancos—. Pensé que ya era hora de que tuvieras algo de nivel».

Esteban arqueó una ceja.

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«—¿Algo de nivel? Llevo cinco años trabajando para darte todo lo que tienes, Lucía. El departamento, los viajes, ese vestido que llevas puesto… ¿Ahora resulta que yo no tengo nivel?».

La humillación empezó a mezclarse con el dolor.

Él se sentía como un tonto que había estado decorando una jaula de oro para alguien que ya tenía las llaves de otra casa.

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Miró el reloj de cerca, examinando la esfera, las manecillas que marcaban los segundos con una precisión cruel.

Cada «tic-tac» era un recordatorio de los minutos que había perdido amando a una sombra.

«—Dime cuánto te costó —pidió él, fijando su vista en ella—. Porque este reloj cuesta más de lo que ganas en tres meses en la galería».

Lucía bajó la mirada.

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«—Lo… lo saqué a cuotas. Usé mis ahorros. Quería sorprenderte, Esteban. ¿Por qué te pones así? Deberías estar feliz, hoy es nuestra noche de compromiso».

«—¡Iba a serlo! —gritó él, perdiendo por fin la compostura. El grito retumbó en las paredes desnudas del comedor—. ¡Iba a pedirte que fueras mi esposa, Lucía! Tenía el anillo en el bolsillo, tenía el discurso listo, tenía mi vida entera puesta en tus manos!».

Ella se encogió en la silla, asustada por el estallido de un hombre que siempre había sido el epítome de la paciencia.

«—¡Y todavía puedes hacerlo! —exclamó ella, tratando de levantarse—. Olvida el reloj, olvida todo. Perdóname si te molestó el regalo, lo devuelvo mañana mismo si quieres. Pero no nos hagas esto, Esteban. Yo te amo».

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«—¿Me amas? —preguntó él, bajando la voz hasta un susurro que daba más miedo que el grito anterior—. ¿Me amas como amaste el momento en que compraste esto? ¿O como amas el momento en que te lo entregaron?».

Esteban empezó a darle vueltas al reloj entre sus dedos.

Sentía una protuberancia en la parte posterior de la caja, justo donde el metal se une con la muñeca.

Era una inscripción.

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Su corazón dio un vuelco.

Sabía que lo que estaba a punto de leer cambiaría su vida para siempre, que no habría marcha atrás una vez que las palabras salieran a la luz.

Lucía pareció darse cuenta de lo que él estaba haciendo.

Se lanzó sobre la mesa, tratando de arrebatarle la pieza.

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«—¡Dámelo! ¡No lo mires así, lo vas a rayar! —gritó, perdiendo la máscara de dulzura. Su voz ahora era estridente, cargada de un pánico real».

Él la apartó con firmeza, no con violencia, sino con la autoridad de quien ya no le debe nada a nadie.

Se alejó de la mesa y se colocó bajo la lámpara principal del salón.

La luz blanca iluminó el grabado en el reverso del reloj.

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Lucía se quedó paralizada en medio de la sala.

Su respiración era un silbido errático.

El vestido de satín, que antes parecía elegante, ahora se veía arrugado y fuera de lugar.

Ella sabía que el juego se había acabado, pero su mente seguía buscando una última mentira, un último puente que cruzar.

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Esteban cerró los ojos un segundo.

Recordó todas las veces que ella llegaba tarde diciendo que el tráfico estaba pesado.

Recordó las llamadas que ella no contestaba porque «se había quedado sin batería».

Recordó el olor a un perfume extraño en su ropa que ella juraba que era un probador que le habían dado en la calle.

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Todas las piezas del rompecabezas encajaban ahora con una perfección dolorosa.

«—Es curioso —dijo Esteban, con la voz temblando por la emoción contenida—. Es realmente curioso».

«—Esteban, por favor… escúchame —suplicó ella, dando un paso hacia él—. Todo tiene una explicación. No es lo que parece».

«—¿No es lo que parece? —preguntó él, volteándose para mirarla a los ojos—. ¿Me vas a decir que el nombre que está aquí grabado es el de tu padre? ¿O quizás el de un santo al que le tienes mucha devoción?».

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Lucía se quedó muda. Su boca se abrió pero no salió ningún sonido.

La verdad era un muro contra el que acababa de chocar a cien kilómetros por hora.

«—Porque aquí no dice ‘Esteban’ —continuó él, con una sonrisa triste que no llegaba a sus ojos—. Aquí no dice ‘Para mi futuro esposo’. Aquí hay un nombre, Lucía. Un nombre que conozco muy bien».

Esteban miró a la cámara, rompiendo esa barrera invisible, como si necesitara que el mundo entero fuera testigo de la farsa que acababa de descubrir.

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Sus ojos estaban cargados de una mezcla de odio, decepción y una profunda soledad.

«—Ella pensó que yo era ciego —dijo Esteban, dirigiéndose a un interlocutor invisible—. Pensó que el amor me había quitado la capacidad de leer entre líneas. O de leer, simplemente».

Lucía se derrumbó en el suelo, llorando sin consuelo, pero ya no eran lágrimas de arrepentimiento, sino de la derrota de quien ha sido atrapado en su propia red.

«—Dime su nombre, Esteban —susurró ella desde el suelo, con la frente apoyada en la madera—. Dilo de una vez y acaba con esto».

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Él suspiró. El peso del reloj en su mano era ahora insoportable.

«—No necesito decirlo, Lucía. Tú sabes quién es. Y lo peor es que él también sabía quién soy yo».

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