Continuamos con la historia justo en el momento en que el pasado y el presente chocan en ese callejón…
Mateo sintió que el peso de su uniforme se triplicaba. Estaba frente a una leyenda, o al menos, frente a lo que quedaba de ella.
El Comandante Arturo Valdivia era el nombre que los instructores mencionaban con respeto y luego con silencio sepulcral.
«Si eres él…», empezó Mateo, mirando hacia los lados para asegurarse de que nadie los observaba, «¿por qué estás aquí? ¿Por qué todos dicen que traicionaste a la fuerza?».
El anciano soltó una carcajada amarga que terminó en una tos seca.
«La traición es una palabra muy útil para quienes quieren ocultar la verdad, muchacho. Me acusaron de robar lo que yo mismo estaba tratando de incautar».
Thor se sentó junto a él, alerta, como si hubiera vuelto a su puesto de guardia tras años de ausencia.
El perro ya no era el animal errático y violento de la comisaría; era un soldado cumpliendo una misión.
«Ese día, en el muelle…», continuó Valdivia, acariciando el lomo del perro, «Thor fue el único que no me dio la espalda. Recibió una bala que era para mí».
Mateo se fijó en la cicatriz que Thor tenía en el costado, una marca que siempre le habían dicho que fue producto de una pelea con otro perro en el refugio.
«Mintieron sobre todo», murmuró Mateo, sintiendo una mezcla de rabia e indignación.
«Nos dijeron que Thor era agresivo por naturaleza, que su antiguo dueño lo había maltratado antes de abandonarlo en la calle».
Valdivia cerró los ojos con dolor. «¿Maltratarlo? Él era mi familia. Cuando me tendieron la trampa, me aseguré de que él escapara primero. Pensé que lo cuidarían… pero veo que solo querían usar su dolor para convertirlo en un arma».
Mateo se sentó en un huacal viejo, frente al antiguo comandante. Olvidó por un segundo que debía estar reportando la ubicación del perro por el radio.
«¿Quién fue, Comandante? ¿Quién le hizo esto?», preguntó el joven, con la ingenuidad de quien todavía cree en la justicia pura.
Valdivia miró fijamente a Mateo. «Ten cuidado con lo que buscas, oficial. El hombre que firmó mi baja y ordenó mi ‘desaparición’ todavía se sienta en una oficina con aire acondicionado, usando una medalla en el pecho».
El corazón de Mateo dio un vuelco. Solo había una persona que encajaba con esa descripción: el actual Jefe de Distrito, el hombre que le había entregado su placa hacía apenas tres meses.
«¿El Jefe Mendoza?», preguntó Mateo en un hilo de voz.
Valdivia asintió lentamente. «Él no solo se quedó con el crédito de mi mayor investigación, sino que se aseguró de que nadie me creyera cuando descubrí que él era quien facilitaba el paso de los cargamentos por la zona norte».
El silencio que siguió fue sepulcral, interrumpido solo por el lejano sonido de las sirenas de la ciudad.
Mateo miró a Thor. El perro lo observaba con sus ojos inteligentes, como si estuviera evaluando si el joven oficial era digno de la confianza de su verdadero amo.
«Tengo las pruebas, muchacho», dijo Valdivia de repente, bajando la voz. «No me quedé en la calle solo para sobrevivir. Me quedé para vigilar».
El anciano se levantó con dificultad, apoyándose en la pared. Thor se levantó al unísono, pegándose a su pierna.
«En aquel entonces, escondí un microfilme con las grabaciones de las llamadas de Mendoza en un lugar donde nadie buscaría. En la vieja perrera de la comisaría, detrás de la placa de honor de los perros caídos».
Mateo sintió que el sudor frío le corría por la nuca. Entrar allí sin permiso era el fin de su carrera. Pero mirar a ese hombre, reducido a la nada por decir la verdad, le quemaba el alma.
«¿Por qué me cuenta esto a mí?», preguntó Mateo. «Apenas me conoce».
«Porque Thor confía en ti», respondió Valdivia con una media sonrisa. «Él no dejó que nadie más lo atrapara hoy. Corrió hacia mí, pero se aseguró de que tú lo siguieras. Los perros ven cosas que los humanos ignoramos».
De repente, el radio de Mateo cobró vida, rompiendo la tensión del momento.
«Oficial Mateo, reporte su posición. ¿Ha localizado al K-9? Cambio».
Era la voz de Mendoza. Fría, autoritaria, la misma voz que Mateo había admirado hasta hace cinco minutos.
Mateo miró a Valdivia. El anciano le hizo una señal para que guardara silencio.
«Si respondes y me entregas, Mendoza vendrá personalmente a terminar lo que empezó hace dos años», advirtió Valdivia. «Y Thor no sobrevivirá esta vez. Saben que él es la única conexión que queda conmigo».
El joven policía miró su radio y luego miró a Thor, quien le mostró los dientes no en señal de ataque, sino como una advertencia silenciosa.
Mateo sabía que estaba en una encrucijada. Podía ser el oficial ejemplar que seguía órdenes, o podía ser el hombre que hiciera lo correcto, aunque eso significara convertirse en un fugitivo de su propia placa.
«Oficial Mateo, responda de inmediato o enviaremos una unidad de apoyo a su última ubicación GPS», insistió la radio.
Mateo apretó el botón del transmisor. Sus dedos temblaban, pero su mirada estaba fija en los ojos de Valdivia.
«Aquí Mateo…», comenzó, haciendo una pausa larga que pareció durar una eternidad.
«No hay rastro del animal. El callejón está despejado. Debió saltar la barda hacia el sector industrial. Me muevo hacia allá para seguir el rastro. Cambio».
Hubo un silencio del otro lado. Un silencio que hizo que a Mateo se le erizara la piel.
«Recibido, Mateo. Continúe la búsqueda. Pero tenga cuidado… no queremos que nada ‘malo’ le pase a un oficial tan prometedor».
La amenaza estaba implícita. Mendoza sospechaba.
Valdivia puso una mano en el hombro de Mateo. «Acabas de cruzar una línea de la que no se puede volver, hijo».
«Lo sé», respondió Mateo, sintiendo un extraño alivio. «Dígame qué tenemos que hacer».
El plan era arriesgado. Valdivia necesitaba recuperar el microfilme, pero él no podía acercarse a la comisaría sin ser reconocido. Mateo era la única llave.
Sin embargo, lo que no sabían era que Mendoza ya había enviado a alguien más a vigilar a Mateo desde que Thor escapó de forma «accidental».
Desde la sombra de un edificio cercano, un par de binoculares seguían cada movimiento en el callejón.
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